domingo, 5 de enero de 2014

Roma no está tan lejos.

Los pueblos cercanos al área metropolitana de una gran ciudad pierden día a día, año a año parte de la esencia que les ha caracterizado a lo largo de los siglos. Es así y poco se puede hacer. Hablamos de tradiciones que se remontan a culturas de las que creemos que ya nos queda poco.

Los ocho siglos que nuestra tierra estuvo bajo la cultura musulmana ahogan cualquier vestigio de nuestro pasado romano, pero no hace falta escarbar mucho para darnos de bruces con aspectos indudablemente ligados a esa herencia.

El concepto familia en su más amplio significado, la protección, el respeto a los ancestros y el llevar su apodo con orgullo por más que evoque un significado peyorativo es, sin duda, una de las herencias más claras.

El “cognomen” o tercer nombre (Marco Tulio Cicerón) nació para distinguir a los diferentes individuos de una misma “gens”. En un momento indeterminado de la República empezó a transmitirse de padre a hijo marcando diferencias dentro de una misma gens. El origen de cada cognomen  podía ser un aspecto de la personalidad, del físico o lugar donde hubiese ocurrido un hecho significativo para el personaje.

Si cambiamos “cognomen” por “apodo” entenderéis, o eso espero, el por qué mantengo que la familia, y como se la reconoce en cada pueblo, es una de las herencias más directas e inalteradas que la vieja Roma nos ha dejado.

Si os hablo del “agricultor, barba roja, albino, guarda de asnos, pelo negro,  tartamudo, rubio, cabezón, prudente, veloz, alto, garbanzo, trompeta, cuervo, rubio, anguila, vigoroso, narizón, pasos largos, pintor, orejas de soplillo, bello, pelirrojo,  manco, zurdo, cojo,  bastón,  viejo, tuerto,  pantorrilla, palurdo, cerdo o enterrador”  podríais pensar que son los apodos de cualquiera de nuestros pueblos.

Pero si escucháis “agrícola, Ahenobarbus, Albinus, Annalis, Atellus, Balbus, Cannus, Capito, Cato, Celer, Celsus, Cicero, Cornicen, Corvus, Flavus,  Murena, Nerva, Nasica, Pansa, Pictor, Plautus, Pulcher, Rutilus, Scaevola, Scaurus, Scipio, Seneca, Strabo, Sura, Varro, Verres o Vespillo sentiréis que nos hemos trasladado, de repente, a la mismísima Roma.

Tratarse por los apodos, lejos de estar mal visto, debería ser todo un orgullo pues está anclado en lo más profundo de nuestras raíces. Cada pueblo que conserva todavía su identidad mantiene sus apodos y que sea por mucho tiempo.

Así que llamarnos en Otura, por ejemplo, por  “Cornetas, Sacristanes, Chirreas, Chaquetas, Tiraeras, Lentejas, Pimientos, Berengenas, Colorines, Canastas, Corrías, Cartones, Funelas, Rajas, Pajarillos, Vizcos, Bocaníos, Monticos, Turruanos, Payasos, Reventares, Secanos, Juanilletes, Garzas, Cominos, Dormíos, Bichuchos, Paqueras, Serenos, Botas, Gorduras, Pintaos, Seisdeos, Culebras,  Pacojuanicas, Pantorrillas, Guacharros, Niñobonicos, Celestinos , Muertomorios, Picolas, Penos, Pichacos, Amagaos, Canastas, Coloraos, Minguitos, Terriales, Gatos, Cachitos, Chinos, Los Dios, Alpargateras, Salaillos, Chamareas, Minas, Coloraos, Rules, Repicas, Romeros Potajes, Rauñas, Almensales, Julianes, Zapatones, Loquillos, Luques, Topos, Puntocos, Canos, Artilleros, Figuricas, Barberos, Fideos, Manquillos, Pellizcos, Tijericas, Farfollas, Mistos, Carretas, Pleiteras, Pitirres, Estanqueros, Rubios, Iglesias, Bayos, Cazorlas, Botas,Azuquitas, Horneros, Molineros, Polleros, Titillos, Linicos, Caillos, Cirilos, Buenos Mozos o Artilleros”  es el mejor homenaje a nuestros antepasados y a nuestra cultura romana.


Aquí un Reventares, Rajas, Secano y Juanillete.
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