jueves, 1 de marzo de 2012

Bares de carretera, sus cafés y sus lavabos.

En un bar de carretera en La Mancha “de cuyo nombre que no quiero (ni debo) acordarme” me tomé no hace muchos días el peor café que recuerda mi aparato digestivo y mis papilas gustativas.

Parking, jardincillo, puerta, barra, taburetes y camarero me pusieron en alerta. De no ser por andar al límite, fisiológicamente hablando, hubiese tardado menos en volver al coche que en pedir el cortado descafeinado con la leche bien caliente pero las necesidades apretaban… y ese día más.

El café no era más que una coartada de buenos modales. “Vale, desahógate, pero consume” sería mi lema de estar yo tras la barra y no a este lado. Pedí mi cortado mirando al camarero, pero no a los ojos, mirando al “lamparón” con solera que tenía junto al bolsillo de la camisa.  El tiempo se me acababa por lo que semejante insignia no me despistó más de mi objetivo,  “los lavabos por favor?” pregunté casi a la carrera. Un gruñido y un leve cabeceo me marcaron el camino hacia el alivio.





A juego con el atuendo del camarero me encontré lo que llamaban “aseos”. Abrí la puerta, di la luz, cerré la puerta. Un par de vueltas le di al “falso de los pantalones”. Abrí de nuevo la puerta, me armé de valor, entré. Medio subido en el retrete, con el chaquetón remangado para no meterlo en un mini-lavabo que se intuía ocupando la esquina pude cerrar la puerta… Cerrar la puerta no tenía la intención de conseguir que no entrase nadie, ese supuesto era físicamente imposible. Desde el espacio que barría la puerta al abrir y cerrar vacié entero el depósito mediante un perfecto tiro parabólico.

El alivio me duró lo justo para salir de la mazmorra alicatada y recolocarme  los bajos del pantalón. Al ver el vasito de duralex con restos de café por el filo estuve por no tomarme el cortado. Hubiese acertado. No lo hice. Me equivoqué y lo pagué todo el día.

De las primeras cosas que aprende un comercial que anda por esas carreteras es identificar, marcar y esquivar esas verdaderas trampas que son los malos cafés y peores baños. Pueden arruinar una perfecta jornada de visitas planificadas escrupulosamente. El manual y la experiencia te hace ser fiel de “La Frontera, La Venta Vicario, El Faro etc.” de cada zona dónde el camarero sólo con verte sabe que no le pones azucar al café y que lo cortas con leche bien caliente. Aunque no es el objetivo de este Diario cumplir las funciones de “autoayuda”, como dije en las primeras entradas, he decidido sumarme a esa pesada costumbre de la red,  me atreveré a redactar las 5 claves para elegir un bar de carretera y poder continuar visitando clientes:

1.- Huye cuando veas autobuses aparcados. Evitarás baños colapsados, cafés a granel al cabo de 15 minutos y camareros cabreados.

2.- Si no les ha dado tiempo a barrer bajo los taburetes, recoger las mesas, o limpiar la barra evita el lavabo. Si no te es posible deja el abrigo en el coche y remángate sin disimulo los pantalones a la vista del camarero. Al marcharte no se te ocurra entrar en el coche sin arrastrar convenientemente los pies por el aparcamiento.

3.- Si no hay un vendedor de la ONCE en la puerta debes saber que muchos clientes no tiene ese bar así que te recomiendo que pidas bebida y comida envasada por aquello de la rotación de los alimentos perecederos.

4.- Si el molinillo del café está medio enterrado, el cajón de los restos medio abierto y rebosando no pidas café. Si lo pides ten cerca el lavabo.

3.- Ante la duda y por más urgencias que tengas, mejor el tronco de un olivo.
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