domingo, 7 de octubre de 2012

Nosotros ante la independencia de.... Cuba


“La historia hay que conocerla para no cometer los mismos errores” es una de las citas más sobadas y a la que menos caso se le hace. Ya sea con una cerveza, micrófono o artículo entre las manos seguramente hasta el apuntador ha echado mano de esta cita para justificar su razonamiento pero acto seguido olvidamos otra parte de la historia que dejaría nuestro razonamiento a la altura del betún.

Dándole vueltas a muchos pronunciamientos de nuestros políticos y periodistas sobre la posibilidad o no de una Cataluña independiente ha caído en mis manos un artículo de  Josep María de Quintana ciertamente interesante. Plasma lo que se decía y pensaba en la España que se vio envuelta en la Guerra de Cuba y su proceso hacía la independencia. Me he limitado a traducirlo incluyendo algunos enlaces.

Lo sé, hay muchas formas de acercarse a ese proceso traumático y, no tengo duda, las conclusiones no serían las mismas si mezclamos los intereses de los grupos de presión de cada época. Un siglo y pico más tarde estamos utilizando las mismas palabras categóricas para negar un escenario futuro. De nuevo olvidamos que la historia es cansina y se repite. Aquí os dejo el artículo, ya me comentaréis si no estamos otra vez con los mismos discursos grandilocuentes que en nada ayudan a la búsqueda de soluciones factibles... si es que las hay.







Las actitudes de los españoles ante la independencia… de Cuba


La crisis de Cuba y Filipinas de 1898, que comportó la pérdida de las últimas colonias del antiguo Imperio español, aquel donde antiguamente “no se ponía el sol” en frase atribuida del rey Felipe II--, implicó una severa derrota militar frente a Estados Unidos. Derrota de la armada española de ultramar y derrota moral de un estado, España, que no había asimilado que había dejado de ser una potencia de primera fila en el mundo occidental. Nos encontramos, pues, ante un hecho de primera magnitud desde el punto de vista político que se enmarca en un momento de la historia de España presidido por un régimen, el de la Restauraciónborbónica,  sustentado en la Constitución de 1876.

Digamos, sin embargo, que el marco político y democrático derivado de esta Constitución no era compartido por todo el mundo. Ya en 1892, y precisamente durante el primer turno canovista bajo la regencia de María Cristina, se redactaron en Cataluña las “Bases de Manresa”, punto de partida del moderno catalanismo político. Y en 1893, Sabino Arana publicaba su libro “Por Bizcaya”, que es la base del movimiento nacionalista vasco y cristalizó el año siguiente en el Euskaldun Batzokija. En cualquier caso, ambas formulaciones -la catalana y la vasca- iban más allá del marco que delimitaba la Constitución.

El recurso a los límites constitucionales


Si el centralismo de la Restauración (es decir el marco legal y constitucional vigente entonces) ya parecía poco acogedor a los vascos y catalanes porque no les permitía cumplir sus anhelos, este resultaba todavía más inaceptable a los ciudadanos de las llamadas “provincias de Ultramar”, reconocidos definitivamente como tales a Pau de Zanjón, en 1880. Y no deja de ser curioso que, a partir del reconocimiento de Cuba como “provincia”, los cubanos (como los catalanes de hoy debieron ser insensatos y contrarios al sentido común como se asegura desde La Razón) se mostraron disconformes y pidieron la autonomía. Petición que se les negó porque no cabía a la Constitución española (ni más ni menos que lo que le ha sucedido al pacto fiscal que proponía Artur Mas). Sin embargo, hoy, ciento veinticinco años más tarde, hay acuerdo entre todos los historiadores a los cuales se desperdició una posible vía de solución: darles la autonomía administrativa que proponía Antonio Maura cuando fue Ministro de Ultramar del Gobierno Sagasta, entre 1893 y 1895.

La historiografía actual culpa de este hecho (me refiero a la negativa de dar la autonomía a Cuba) a la resistencia de los intereses afectados -básicamente los de los azucareros españoles, aferrados a una situación que les permitía disponer de Cuba como de un gran latifundio propio-, a la intransigencia del partido Unión Constitucional (el PP de entonces), y al afán de Sagasta para ahorrarse problemas no solo en su relación con los conservadores, sino también en sus propias filas liberales. También entonces “España tenía otros problemas más importantes que la autonomía de Cuba”, cómo habría dicho hoy Rajoy.

El error del Gobierno


Ha escrito el profesor Seco Serrano que, incluso en el año 1903, Máximo Gómez, uno de los forjadores de la independencia cubana, afirmaba que, de haberse implantado a tiempo las reformas de Maura, la revolución cubana habría sido imposible. No sé si realmente habría sido así, pero es un punto de vista que pone en evidencia que el fracaso de Maura implicó la ascendencia definitiva del Partido Revolucionario Cubano por encima del Partido Liberal Autonomista y, en definitiva, el triunfo de las tesis independentistas o secesionistas por encima de las autonomistas. Cuba optó -cómo no podía ser de otra manera- por la autonomía política y provocó una confrontación con España que le agravaba su situación política, no solamente por el gravísimo problema que comportaba el hecho de sostener una guerra colonial en otro continente, sino también porque en aquel juego de intereses y de sentimientos entraba uno tercero interesado: los Estados Unidos de América, que (eso no lo tendría que olvidar el señor Mas), tenían más interés en la independencia de Cuba de lo que la Unión Europea pueda tener hoy en la de la de Cataluña.

Cuando empezó la segunda guerra cubana de independencia, en el año 1895, muy pocos españoles podían imaginar que acabaría con la pérdida de las últimas colonias españolas. La prensa oficialista y la opinión política ortodoxa eran (fervorosamente y unánimemente) favorables a la guerra para defender la “legalidad constitucional española”. La unanimidad abrazaba desde los partidos republicanos de la izquierda hasta los carlistas de la derecha. Entre los primeros, sólo los federalistas de Pi i Margall (siempre hay algún traidor) se oponían a la solución militar y proponían que se concediera en las colonias un estatuto de autonomía similar al de los dominios británicos.

El profesor Balfour nos recuerda que los partidos republicanos se alejaron rápidamente de la posición de principios propugnada por Pi i Margall con el fin de iniciar una beligerante campaña nacionalista en defensa de la soberanía española sobre Cuba. Y aunque siempre se habían mostrado contrarios a la “Constitución monárquica de 1876”, en aquellos momentos no lo atacaron, sino que se sumaron a la defensa de un imperio anquilosado y acusaron al gobierno de no ser lo suficiente agresivo en la defensa de este imperio (También ellos pensaban, cómo piensa hoy un eurodiputado, que había que enviar “a un general de brigada de la Guardia Civil”). Emilio Castelar, expresidente de la Primera República, si bien criticaba el régimen por haber dado lugar a la rebelión colonial a causa de no haber acordado las reformas pertinentes, también se mostró partidario ferviente de mantener la soberanía española sobre las colonias. Buen y florido orador que era, dijo: “España hizo América como Dios hizo el mundo... América será española eternamente.” (Una frase, que se puede esculpir en mármol seguida de la de Bono cuando dice que “Antas que verdadero Cataluña fuera de España prefiero morir”). Y cuando se hizo ya patente la intervención norteamericana, muchos republicanos salieron a la calle para protestar contra la pusilanimidad del gobierno español.

La posición de los periodicos y de los partidos


La posición oficial de los conservadores ante la guerra de Cuba era de mantener la isla a cualquier precio. Recordamos la famosa frase de Cànovas: “Es preciso que tengáis la seguridad de que ningún partido español abandonará jamás la isla de Cuba; que en la isla de Cuba emplearemos, si fuera necesario, el último hombre y el último peso.” I así lo hizo. El sexto Gobierno conservador de Cánovas, que gobernó de marzo de 1895 hasta el asesinato del estadista, en agosto de 1897, intentó vanamente acabar, por todos los medios, con la rebelión cubana. Primero, con el general Arsenio MartínezCampos, que llevó a cabo una guerra calificada de “suave”. Después, con el general mallorquín Valeriano Weyler Nicolau, que no era de la Guardia Civil, pero que se mostró decidido a exterminar (no hace falta decir que inútilmente) la insurrección en sangre y fuego.

Por aquellos días, siguiendo la pauta de algunos diarios mallorquines, el diario conservador menorquín El Bien Público(8.IV.1898) editorializaba, según nos ha explicado Josep Portella, sobre el hecho con un indiscutible lenguaje de arenga militar: “La codicia infame y la ambición sin límites de una nación formada de aventureros, escoria de todos los países del mundo y descendientes de pieles rojas capitaneados por energúmenos de la calaña de Masson, Turpie y otros mercachifles (prepárese para escuchar cosas como esta, señor Mas), trata de enlodar los altos timbres y la honradez sin límites de la nación más hidalga y más noble del mundo, de arrancarnos por medio de la fuerza bruta el preciado florón que nos queda de nuestra pasada grandeza, símbolo de nuestra fuerza, en el hemisferio americano...”.

La posición de los liberales no divergía, sin embargo, sustancialmente de la de los conservadores, a pesar de que Antonio Maura (que fue miembro de este partido hasta que pactó con los conservadores de Silvela) criticó nuevamente la política que había llevado a cabo en el general Weyler en una importante conferencia pronunciada el 22 de marzo de 1897, ya que consideraba inviable una política bélica que destruía los recursos de Cuba. Sin embargo, Maura no cuestionaba la españolidad cubana. Simplemente acusaba a los gobernantes españoles de ser malos gobernantes. No de ser dominadores.

Y si observamos la actitud de los republicanos, veremos que no presenta muchas diferencias respecto de los monárquicos, aunque algunas voces se mostraron favorables a una cierta “descentralización” de Cuba que permitiera una asimilación de los cubanos y puertorriqueños a los españoles de la metrópoli con respecto a los derechos civiles y políticos. Sin embargo, los republicanos mallorquines fueron, como observa el profesor Marimón, claramente favorables al uso de las armas y exhibieron un soez maximalismo patriotero. Y lo mismo podemos decir de los republicanos menorquines, que no adoptaron ninguna posición crítica ante la guerra que se acercaba. Culpaban, evidentemente, la monarquía de los desastres (“Tan culpable se Rajoy como Mas”, dice hoy Rubalcaba), pero ante la guerra abierta, se identificaron con los conservadores. Y es que los republicanos participaban, en este punto, de la misma concepción unitaria e indiscutiblemente españolista del Estado. Todos eran verdaderos “nacionalistas españoles” (como el PP y el PSOE, indiscutiblemente).

Las disidencias, aunque moderadas, provinieron de los partidos extraparlamentarios. Los anarquistas se esforzaron por mostrarse partidarios de la lucha de los cubanos por la independencia. Valga decir, sin embargo, que expresaron ciertas dudas derivadas en buena parte de la ambigüedad de las posiciones anarquistas con respecto a la relación entre la “cuestión nacional” (que los importaba muy poco) y su objetivo último, “la revolución social”. Y aunque, finalmente, acabaron por apoyar “la autodeterminación” de Cuba (¡vaya, como los de Iniciativa-Verds!), los anarquistas tendían a eludir el espinoso tema del nacionalismo para concentrarse sólo en los perjudiciales efectos de la guerra sobre los trabajadores españoles.

Aún más que los anarquistas, los socialistas eran contrarios a reconocer que la lucha por la independencia de Cuba tenía alguna relación con las necesidades y aspiraciones de los trabajadores cubanos. Ignorando sin duda que había un importante apoyo de estos a los insurrectos, no percibieron las implicaciones sociales de la lucha nacionalista, y se limitaron a repetir consignas abstractas de pacifismo internacionalista. Al final, los socialistas reconocieron la legitimidad de la lucha por la independencia, pero optaron por centrar su propaganda -en eso como los anarquistas-, en la injusticia social que constituía, en España, el servicio militar.

Ya fuera de los partidos, conviene también mencionar a la Iglesia española que adoptó una actitud radicalmente contraria a la independencia de Cuba y, por lo tanto, favorable a la intervención militar. Aún más, la Iglesia española legitimó la lucha --es decir, ¡legitimó la guerra!-- contra los independentistas cubanos, y para demostrarlo podría sacar una memorable pastoral del obispo Castellote, entonces obispo de Menorca, que prefiero guardarme, porque me avergüenza. Esta vez pensaba que los obispos se mantendrían en silencio ante la cuestión catalana, pero esperar que los obispos españoles sepan comportarse en política es como pedirle peras al olmo.




Para cerrar esta entrada os dejo con una de las habaneras más famosas que relatan la Guerra de Cuba ( Texto original y traducido. Video ) y Que tinguem sort ... Que tengamos suerte... falta nos hará a todos para no cometer errores pasados.



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