jueves, 6 de septiembre de 2012

Suerte


Hace ya unos meses que no hablo con Paco. Supongo que sigue colaborando con aquella empresa de San Pedro de Alcántara. Seguirá con sus paseos mañaneros por la playa de Torremolinos. Quedando a mediodía con cualquiera de nosotros que le llamamos cuando la ruta nos lleva por esa zona o quejándose de los malos fichajes del Unicaja. Tengo que llamarle.

No me gusta la San Miguel pero Paco es muy malagueño y había poco que negociar. Lo cierto es que a la tercera que cae ya todas las cervezas parecen lo mismo así que abrevié con las dos primeras y asunto arreglado. Era mediodía, el sol de noviembre calentaba el chiringuito y el dueño parecía molesto con una pareja de nórdicos extraviada que le pedía más bebida. Era uno más en nuestra mesa escuchando batallas. Con el cambio de tercio, aunque otra vez San Miguel, arremetí como un morlaco y me recibió a puerta gayola: .- ¿Como lo hiciste para verlo venir? ¿En qué momento entendiste que esa senda nos llevaba al puñetero desastre? ¿Cuándo tomaste la decisión y te bajaste del tren?



.- (Paco) Podría decirte muchas cosas, podría incluso hasta engañarte y te lo creerías pero sólo tuve suerte. Dude un día y mira por dónde era el día que dudar salvó mi cuenta corriente, mi familia y cuarenta años trabajando. Pide dos tercios más mientras yo meo los otros tres. 

Satisfecho por las verónicas que me había pegado se levantó y en enfiló los aseos para darme un respiro y recibir los aplausos del tendido.

Suerte, -le dije cuando se sentó aliviado y dispuesto a seguir la faena- no me dice nada. La suerte no puede valorarse en unos balances, ¿en la cuenta de resultados como la pongo? En ningún master ni cursillo de mala muerte que he pagado y he hecho he escuchado “suerte”.

.- (Paco) Mira que te diga…- se tomó un par de boquerones perfectamente fritos y bajo la voz.- quién te diga de nuestro sector que se ha escapado de este desastre por sus conocimientos, por sus asesores  o por su experiencia en otras crisis es un embustero y no te sientes nunca más en la misma mesa con él.

En el 2006, cuando todavía remataba las ventas de las últimas parcelas y naves del la segunda fase del polígono se citó con el dueño de la principal parcela rústica que configuraba el área de actuación. Para la tercera fase esa parcela era la clave. Había pagado a precio de oro otras más pequeñas pero sin esos quinientos mil metros cuadrados era imposible seguir adelante con el proyecto. Se sentaron casi en la misma mesa, con los contratos preparados, con el equipo técnico junto a ellos, los abogados y las máquinas preparadas en la puerta para iniciar el movimiento de tierra. El dueño de la finca le miró y le dijo: “Paco, sabes que eres el primero pero tengo una oferta brutal y debes igualarla para que cerremos el trato”. Para nada valió que Paco montase el espectáculo… conociéndole le diría que no tenía cojones y de ahí para arriba pero no hubo solución.

Aproveché un descuido y media San Miguel regó una madreselva vigorosa que tenía a mi espaldas. Ese movimiento fue clave pues la suya estaba lista, su San Miguel, y sabía que pronto diría: “¡otros dos tercios!!”. Y lo dijo.

Me escenificó la salida mientras el camarero y dueño asentía. Sin cita, sin saludarse tras más de cuarenta años y haberle comprado casi todo el patrimonio que había heredado en Torremolinos y haber quemado más de una vez todos los garitos de la costa del sol cuando era la Costa del Sol.

Ya eran más de las cinco, y cinco tercios, cuando me contó que durante tres días y sus tres noches, a la cuenta de la vieja, calculó a cuanto saldrían las parcelas y las naves. Era imposible por más que los bancos le darían prestado hasta para el mobiliario. Al cuarto día se subió en el coche cruzó Torremolinos y aparcó en su puerta derrotado. “Tú ganas” le dijo.

.- (Paco) Sabes, al verlo con aire satisfecho en lo alto de la escalera supe que había llegado tarde. “Paco, te fuiste con esos humos que dí por roto el trato. Ayer recibí la transferencia con la señal. La parcela está vendida.” Eso me dijo. Y esa fue mi suerte. Que dudé. Llámale instinto, suerte, que la Virgen se me apareció pero el marrón se lo llevó otro al que le vendí muy bien vendidas las otras parcelas.  Ahora, me distraigo paseando, ayudando a Gerardo, de compras con mi mujer o tomado cervezas con los amigos mientras veo los toros desde la barrera con la cuenta corriente llena. Al que me adelantó se que el banco le ha quitado hasta las ganas de comer. En esta tormenta perfecta solo hemos ganado los que la suerte nos ha sonreído y los dueños del suelo.

Creo que le llamaré mañana. Hace ya demasiados meses que no me explica su etapa como pescador y sus noches por la costa del sol cuando era la Costa del Sol. Igual ha tenido otro golpe de suerte y me indica la salida.

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