martes, 27 de marzo de 2012

Los cursillos de poca monta y la gastroenteritis

Un amigo definía como “estados indeseables de caja” el stock, los saldos y pagos de clientes por vencer. Decía que era el verdadero punto débil de las empresas y debían estar siempre bajo control. Amigo de los cursillos para luego soltarnos citas y hacer algo de turismo se empeñó en llevarme a uno para prevención de la morosidad. Nunca me ha gustado que insistan, me agobia. Acepté.

Años después, a palos, llegamos a saber los dos que inmensamente grande era nuestro condenado punto débil. No se quién le puso el apellido “débil” pero se transformó en autobús y nos atropelló. Pero ese atropello ya lo contaré a su debido tiempo que todavía estamos en la UCI y duele. En plena Gran Vía el Hotel con nombre de arquitecto modernista para que estuviésemos como en casa. Un escenario perfecto, atardecer de otoño, gentes sin prisa. Soltamos las maletas y a la calle que era parte importante de la agenda.

Sin rumbo, hablábamos de proyectos, un vino en Santa Ana para recuperar, hablamos de clientes, otro vino en una tasca que nos pareció interesante con camareros de los años 60, otro con los camareros de ahora… así hasta que nos dimos por cenados. El regreso lo amenizamos con algún gin&tónic en un garito a primera vista recomendable. Precavidos como gallos en corral ajeno optamos por la Gran Vía y dejar para otro día, a mejores horas, descubrir nuevos caminos. Esa calle había cambiado, “como la noche y el día” y no creo que se aplique mejor en ningún otro caso. Mismo escenario, otras gentes, otro mundo que apareció con la madrugada.



Sería la 4h cuando desperté. Algo no funcionaba. Pocos comerciales escucharéis decir que necesitan su almohada para dormir bien, por unos motivos u otros llegamos, nos desplomamos y dormimos sin evaluar el entorno hasta que suena el despertador. Las tripas no querían dormir esa noche y empezó el segundo acto de la ruta nocturna, esta vez de la cama al lavabo. Recordando lo comido y bebido por tal de localizar al culpable de tal trasiego tuve que esprintar de nuevo hacia la taza del inodoro. Por suerte para quién tuviese que limpiar al día siguiente llegué a tiempo.

Vacío, sin nada dentro que pidiese paso, me duché, vestí y largué a tomar el aire. Sería las 7h. Un amanecer fresco de otoño me estaba dando la vida mientras la Gran Vía había cambiado por tercera vez, mismo escenario, otra luz, otras gentes y otros ritmos. 



Fresco y confiado regresé al hotel, firmé lo papeles y pasé a la sala dónde nos soltarían como esquivar los impagos. El primer café lo rechacé, las pastas también. Aposté por una insípida menta-poleo mientras le explicaba a mi compañero mis correrías nocturnas en solitario. Hacía calor estilo sanatorio ó yo empezaba a tenerlo. El amigo ya embalado soltó tres obviedades del tamaño de la Sagrada Familia...

1.- Firmar una póliza de seguros.
2.- Informes sobre el cliente.
3.- Vender al contado si hay dudas.

y noté que algo seguía sin funcionar correctamente. Vale que el conferenciante tuviera tan poco nivel como para revolverle las tripas a una cabra pero la realidad es que la insípida menta-poleo pedía paso para salir por dónde entró. La ventaja de los buenos hoteles es que los lavabos están impecables, muy poco concurridos y al fondo a la derecha como Dios manda así que a la carrera lo localicé. Ya de nuevo hueco junto a la sala de conferencias, en un sofá, desplomado intenté recuperarme. Entré de nuevo justo para escuchar otra de las buenas.

4.- Pedir un aval bancario que cubra el total de la operación.

No recuerdo si fue el calor de la sala o semejante simpleza lo que me tumbó de nuevo.  Los 500 € que costó el curso, los 150 € del hotel, la cena y el gasoil para escuchar a un “vende peines” por aquella época de vacas gordas no nos provocaba semejante descomposición.

Esta vez un perspicaz recepcionista, que ya me miró a lo lejos desparramarme antes, preguntó “¿se encuentra bien?, más blanco que el papel y sin abrir los ojos le dije “algo ha debido sentarme mal, ¿hay alguna farmacia cerca?”. Se me hizo interminable el peatón en rojo y la anchura de la Gran Vía. Crucé, entré y le zampé a la farmacéutica mi situación. Bebida isotónica y que me fuese a mi casa, que poco más se podía hacer con la gastroenteritis que manejaba. Eso hubiese querido yo, estar en mi casa… el recorrido del sofá al lavabo lo podía hacer en récord olímpico y con los ojos cerrados. Estaba en campo ajeno, descompuesto y rodeado del conferenciante, recepcionista y boticaria.

Ni se me ocurrió entrar de nuevo en la sala, esta vez, tras lavarme la cara, me senté de nuevo en el sofá lo más dignamente que pude. No recuerdo cuantos viajes al lavabo pasaron hasta que mi compañero salió y se acercó “¿y si nos vamos para Granada? Tras la comida se han largado más de la mitad y tú estás hecho un cristo” Otro gran observador. Sin abrir los ojos rebusqué las llaves del coche y cabeceé insistentemente, supongo que me hice entender.

Desplomado en el asiento del copiloto comprobé lo largos que son 450 km. En cada salto que dio el coche a lo largo de la A4 y A44, que fueron y son muchos, prometía que no volvería a apuntarme a ningún cursillo recomendado por ningún amigo sin comprobar el currículum del conferenciante. Sobre tascas, garitos ó contemplar  la Gran Vía cada vez que cambia de luz, gentes y ambiente consideré oportuno no prometer algo que sabía positivamente no iba a cumplir.
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