viernes, 20 de enero de 2012

Tiendas, comerciales que no hacen km

Últimamente los sábados estorbo de nuevo por las tiendas que tiene la empresa. Teóricamente en unos casos cubro huecos para que los compañeros puedan  desayunar y en otros, los menos, parar que puedan librar un sábado de cada dos. Realizar las funciones de un comercial de tienda cada 7 días, para que nos vamos a engañar, hace que sea una ayuda moral más que efectiva. Teléfonos, clientes, cobros en efectivo, que si la tarjeta de crédito falla, devoluciones, códigos de barras que fallan, explicaciones varias hace que cada dos por tres debas buscar con la mirada lastimera a un compañero o compañera que te saquen del embrollo. Los comerciales de tienda son los grandes olvidados de nuestro mundo, tan sólo sustituyendo a uno de ellos para que pueda desayunar puede ser suficiente para veas lo larga que se puede llegar a ser media hora.



Estos sábados no son la primera vez que trabajo de cara a un público en una tienda, lo hice en unos grandes almacenes de cuyo nombre no quiero acordarme (me suena esa frase…) y tuvo su gracia. Sobre todo cuando lo dejé. Por aquella época creía poder con todo, estudios, trabajo y fiesta… algo así como muchos políticos que acaparan responsabilidades con la diferencia que yo no puede aguantar y lo dije, y lo hice, y elegí seguir estudiando. Desde las 6h a las 10h preparábamos la tienda con tal nivel de pulcritud que os sorprenderías. Aprendí lo que es rotar los productos, frentear, equilibrar colores en los lineales para hacer más atractivo el producto, calcular el porcentaje de rotación para asignar más o menos espacio, hacer las comandas en función de esa rotación… vamos, el ABC de cómo se optimiza el espacio en una tienda.


Lo cierto es que acabé  odiando una canción de  Whitney Houston que ponían por sistema a las 9h55min a modo de cornetín de órdenes. Conocí una estructura absolutamente vertical para gestionar una tienda y verticalmente, a la velocidad de la luz, bajaban los cogotazos si cualquier parámetro no se cumplía. Sobre todo al jefe de planta se le cortaba la digestión con el desorden. Un palé en medio de un pasillo, un lineal como si hubiese sido el ring de una pelea de gatos, una botella perdiendo líquido era suficiente para formarle un consejo de guerra al más pintado. A poquísima distancia estaba la desgana a la hora de atender a un cliente. Si querías que mandase a recoger tú cuenta y entregar la llave de la taquilla era el mejor camino, el cliente siempre tenía la razón y tocaba tragar.


Ahora que vuelvo a trabajar con tiendas veo que la marcialidad no era lo fundamental de aquel sistema de gestión de tiendas, la clave es que funcionábamos por rutinas memorizadas como una máquina perfectamente engrasada para tener la tienda en perfecto orden de revista durante el horario de apertura al público. Cada uno sabía perfectamente lo que tiene que hacer y a que hora debe estar todo listo. No era negociable. Ese es el motivo por el cual creo que estorbo por las tiendas estos sábados y miro hacia la puerta esperando que llegue la caballería de su desayuno, no domino las rutinas fundamentales para sobrevivir como comercial en una tienda.
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