lunes, 19 de noviembre de 2012

Una operación cómo las de antes


En capilla para irme de vacaciones un día agobiante de agosto me llamó un cliente del que poco o nada sabía desde hacía unos años. Quedamos. Una operación de las de antes, palabras textuales, le había llovido del cielo y tenía que pasar precio “ayer”. Aparqué las chanclas y bermudas que no tengo para atenderlo. Colgué y apareció ante mí. Lo primero que me pasó por la mente es que los años no pasan en balde y menos si son como los últimos cuatro que nos han arrollado. Seguramente pensó lo mismo de mí.

Una vez comprobado que el frente familiar seguía sin novedad y que sólo por el profesional nos atacaban los malos de todos los gustos, colores y sabores me expuso la operación. Muy pronto comprendí a que se refería con el escueto “una operación como las de antes”. Poco margen, mucho volumen y todo el riesgo del mundo. Para completar el cuadro quería llevar la oferta “puesta”.



Por lo visto no tenía otra mejor que hacer y me cercó por tierra, mar y aire a base de llamadas, e-mails y ratos muertos en mi despacho. Se la entregué por fin. La miró, me miró, la miró de nuevo para acabar mirándome con los ojos de par en par. No entendía un par de puntos de las cláusulas del contrato. En una aparecía la palabra “aval” ¿Qué Aval? Y en otro punto “Contrato tripartito” ¿Contrato tripartito con el promotor? ¿Qué contrato?. Efectivamente mi amigo tenía claro que pretendía firmar al estilo compadre, con menos papeles que un libre para acabar transformando una operación mercantil en la simple y estresante ruleta rusa. Una como tantas que se firmaron y nos tienen a este sector como el gallo de Morón pero sin ni siquiera poder cacarear.

Desconecté mientras me bombardeaba con todo su histórico y lo buena gente era. Hacía calor. Mientras explicaba batallas que yo no recordaba me vino a la cabeza uno de los pocos aciertos de nuestro anterior Presidente del Gobierno en lo referente a nuestro sector. Si no recuerdo mal poco antes de postrarse ante los perversos mercados y su profeta Merkel soltó “Gran parte del empresariado del sector de la construcción es de cartón-piedra”. Regresé al presente. De nuevo estaba ante una operación de cartón-piedra pero esta vez con unas cuantas cicatrices de más y muchos pelos dejados en la gatera. Tras unos cuantos cafés en la cafetería del polígono y exponerme que media España todavía le daba crédito por su bella y acartonada cara nos despedimos.



Hace una semana me llamó de nuevo. Que si quería cerrar la operación me dijo. Sí, claro,  aquí te espero y trae la documentación firmada, respondí. Al ver que otra vez tomaba el mismo camino salvo cambiando el agobiante agosto por el fresco octubre le pregunté por aquella marabunta de proeveedores que le daban crédito sin pestañear. Se rindió y cantó por soleares. Le había dejado a la luna de Valencia y recurría a mi empresa como último recurso. Eso sí, intentado colármela si me dejaba.

Con la obra replanteada, los empleados en el tajo y los plazos contando le llegó un fax como respuesta al primer pedido del material. “Ajuntamos número de cuenta corriente. Una vez realizado el ingreso en 48 recibirá en el destino señalado su pedido”. El señor ex Presidente del Gobierno del nuestro país todavía llamado España acertó al bautizarnos como “un sector de cartón piedra” pero lo cierto es que a base de palos y duchas de agua fría el cartón se deshizo. Sólo ha quedado la piedra pura, para lo bueno y lo malo.


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