sábado, 12 de mayo de 2012

Atrapado


Aunque con tiempo sobrado decidí desayunar ya en la sala de embarque por aquello que la tranquilidad ayuda a la digestión. Con el vuelo programado para las once guardé el ticket del taxi y vi las 10 en el reloj del aeropuerto. Desayunado y ya en la cola del embarque salió el mensaje “vuelo a Málaga retrasado”.  La primera hora la sobrellevé con un periódico, un segundo café y la imagen panorámica de todas las operaciones que ofrece el aeropuerto de Los Rodeos.

El avión seguía a la vista pero ya no estaba rodeado de operarios color butano. Ahora solo dos operarios estaban en escena husmeando por una trampilla justo en la perpendicular de la ventanilla del piloto. “Esto va para largo” me dijo uno que observaba la misma escena. “Espero que no” le dije. Apareció de nuevo el vuelo en pantalla anunciando dos horas para su nuevo intento de salida.



Os ahorraré describir las típicas escenas de aspavientos y lamentos  que os podéis imaginar.  Localicé al oráculo que predijo el asunto sentado, relajado, con una pequeña maleta junto a él y en sus manos una novela. Ese tipo sin duda era un comercial con tantas horas de vuelo como kilómetros de asfalto tenía yo. Sabía lo que significaba esperar. Con la pantalla a la vista saqué la mía, la novela, y puse el piloto automático.

Oleada tras oleada las horas pasaban y los vuelos salían, pero no el nuestro. A estas alturas la lectura empezaba a no funcionar, el síndrome del isleño ya rondaba por mi cabeza y me uní a los que daban vueltas sin rumbo fijo por la sala.  Los del vuelo a Málaga nos reconocíamos en los lavabos, en la cafetería o en el mostrador de "desinformación". La pareja que llevaba toda la mañana a cara de perro recriminándose la situación ahora dormían uno apoyando en el otro. Un grupo todos en chándal ya se habían cansado de jugar a las cartas, ahora pateaban una balón de papel. Paré frente a una pantalla esperando novedades, echaba de menos mi coche y kilómetros de asfalto por delante. 

“Esto se pone feo” dijo el oráculo justo un paso tras de mí, guardó la novela y se encaminó hacia la cafetería. “Vuelo a Málaga cancelado” ya estaba en las pantallas cuando miré de nuevo. Lo que tardé en cerrar la boca tiré de la maleta tras el oráculo sorteando una marea de gente desencajada camino del mostrador. Con un sándwich en la mano y un botellín de agua me saludó y le vi salir de la sala de embarque.  Eran pasadas las seis de la tarde y solo pensar en pasar la noche en esa sala o en un hotel me producía escalofríos. En terreno desconocido para un comercial de carretera no lo dudé, le seguí.

“Hola de nuevo” le dije esta vez yo un paso tras él frente al mostrador de facturación de la compañía. “Aprendes rápido, mira atrás” me dijo. Todo el vuelo en masa y a la carrera se dirigía hacía nosotros. En minutos la cola se retorcía por toda la Terminal.

Antigua carretera de Málaga por el Puerto de los Alazores

“Soy del vuelo a Málaga cancelado, viajo solo, sin equipaje facturado y me vale cualquier destino de la península pero debo salir de la Isla”. Vía Barcelona llegué a Málaga sobre las doce de la noche. Subiendo por Las Pedrizas le di las gracias con retraso al oráculo amigo que me enseñó a moverme por aguas extrañas para un comercial de secano. 
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