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jueves, 16 de agosto de 2012

No me gustan los septiembres. Y este menos.


Septiembre es al año completo lo que la tarde de un domingo a la semana. Hay que pillar el paso. ¿Cambiamos ya los armarios? ¿Tapamos ya la piscina o igual todavía se bañarán? ¿Vamos a soltar la pasta al vivero para sustituir los colgajos que fueron plantas?. La tensión en la carretera sube, la normalidad está a la vuelta de la esquina. No me gustan los septiembres.

Desde hace cuatro años también es un mes de sorpresas, de persianas bajadas, de toallas tiradas y no de playa. De clientes perdidos, de proveedores que no encuentras. Fracasos acumulados. Se repasan los objetivos que no cumpliremos a final de año. Nervios. Los propios quieren vender lo imposible y los proveedores bombardean sin misericordia para cumplir los suyos. No me gustan los septiembres.

Este no me gusta especialmente. Se nos secará la boca explicando que no hemos subido los precios, que el fracaso del Gobierno y el nuestro propio se valora en un 16% más de IVA.. Fracaso del gobierno que reconoce su incapacidad para trincar al que nos defrauda, al que nos engaña, al que se ríe de todos. Cree tapar el Gobierno su fracaso estrujando al que cumple. No me gustan los septiembres.

Fracaso nuestro como sociedad. Fracaso de todos los que han dicho, dicen y dirán “a mi sin IVA que para que se lo lleve el Gobierno me lo gasto yo en gambas”. Fracaso que pagamos todos. A esos "listos" que han tomado la decisión los montaría este septiembre junto a un comercial por esas carreteras y que le expliquen a los que están por módulos, que no querían pagar el 18%, que ahora paguen el 21%. No me gustan los septiembres.

Fracaso doble que tendrá el Gobierno cuando para las navidades, sin extra los funcionarios y estrujados todos, la recaudación siga hundiéndose. Fracaso cuando la economía sumergida supere el 30% del PIB y las empresas tiren de ERE por la bajada del consumo y no poder competir con los que trabajan en polígonos perdidos, con las persianas bajadas, sin cotizar por los trabajadores, exigiendo compras sin IVA para vender sin IVA. No me gustan los septiembres y este menos.

PD: que no os engañen,  pasar del 18% al 21% se puede "vender" como una subida de 3 puntos netos ó decir la verdad, 3 sobre 18 implica una subida del 16%. Las matemáticas todavía no engañan.


miércoles, 18 de abril de 2012

No somos el problema, somos parte de la solución.


Las caras Ay B me juegan constantemente malas pasadas. Sin pausa y sin compasión me ponen en aprietos. Desde siempre modero a ambas y he conseguido cierta colaboración para no acabar con camisa de fuerzas. Supongo que hay gente que es capaz de tener sólo una visión y aplicarla a todos los ámbitos de su vida, personal, profesional y política pero voy a tener que ir asumiendo que no es mi caso.

Mi objetivo lo tengo claro, han de ser compatibles. Intento pensar, decir o actuar de la misma forma cuando tengo la gorra de directivo de una empresa y cuando la cambio por la gorra de peón de infantería interesado por la política. Tenga la gorra que tenga puesta estos días son una prueba para no defender una cosa y la contraria en menos de lo que la Presidenta de Argentina CFK expropia otra empresa privada (nótese que no digo española).



¿Alguno de los que despotrican contra las empresas ha montado un proyecto industrial desde la idea hasta que, algunos años, euros y noches sin dormir después es capaz por ella sola de mantenerse? Me conformo con una tienda, bar o kiosco.

¿Alguno de los que se sorprende que las empresas pretendan obtener beneficios de sus inversiones saben lo que significa que cada día se levanta toda tú competencia con la intención de quitarte tus clientes y tus ideas? Significa que tienes que seguir invirtiendo si no quieres que eso ocurra. 

¿Alguno de los que braman contra todo lo que suena a interés privado ha pensado que sin ese motor no se necesita Administración Pública pues nada habría para administrar? Actividad privada lícita no significa abrir la saca y que los euros entren solos desfilando, un ejemplo gentileza del tuitero @absolutexe

Me cuesta comprender que mal hacemos las empresas privadas para ser la diana de todas las quejas. No veo que hay de malo en pretender que los Estados se limiten a establecer reglas del juego duraderas y palo al que se las salte, sea empresa, político o particular. Me niego a reírle las ocurrencias, y mucho menos apoyar, a gobiernos que no respetan reglas ni empresas pues están a un paso de no respetar a las personas.  Pero también reniego de las empresas que doblan y fuerzan la ley para saltarse esas reglas y a los gobiernos que lo permiten, cuando no lo amparan, sin importarme bandera, escudo ni patria.

No está en mi intención atender a idearios, frases hechas o san benitos establecidos para responder a coro ante cualquier situación que se nos presente. Pretendo seguir pensando, diciendo y haciendo todo aquello que sea coherente tenga puesta la gorra que tenga. Empresas grandes, pequeñas, medianas y autónomos no somos el problema, somos parte de la solución.

martes, 27 de marzo de 2012

Los cursillos de poca monta y la gastroenteritis

Un amigo definía como “estados indeseables de caja” el stock, los saldos y pagos de clientes por vencer. Decía que era el verdadero punto débil de las empresas y debían estar siempre bajo control. Amigo de los cursillos para luego soltarnos citas y hacer algo de turismo se empeñó en llevarme a uno para prevención de la morosidad. Nunca me ha gustado que insistan, me agobia. Acepté.

Años después, a palos, llegamos a saber los dos que inmensamente grande era nuestro condenado punto débil. No se quién le puso el apellido “débil” pero se transformó en autobús y nos atropelló. Pero ese atropello ya lo contaré a su debido tiempo que todavía estamos en la UCI y duele. En plena Gran Vía el Hotel con nombre de arquitecto modernista para que estuviésemos como en casa. Un escenario perfecto, atardecer de otoño, gentes sin prisa. Soltamos las maletas y a la calle que era parte importante de la agenda.

Sin rumbo, hablábamos de proyectos, un vino en Santa Ana para recuperar, hablamos de clientes, otro vino en una tasca que nos pareció interesante con camareros de los años 60, otro con los camareros de ahora… así hasta que nos dimos por cenados. El regreso lo amenizamos con algún gin&tónic en un garito a primera vista recomendable. Precavidos como gallos en corral ajeno optamos por la Gran Vía y dejar para otro día, a mejores horas, descubrir nuevos caminos. Esa calle había cambiado, “como la noche y el día” y no creo que se aplique mejor en ningún otro caso. Mismo escenario, otras gentes, otro mundo que apareció con la madrugada.



Sería la 4h cuando desperté. Algo no funcionaba. Pocos comerciales escucharéis decir que necesitan su almohada para dormir bien, por unos motivos u otros llegamos, nos desplomamos y dormimos sin evaluar el entorno hasta que suena el despertador. Las tripas no querían dormir esa noche y empezó el segundo acto de la ruta nocturna, esta vez de la cama al lavabo. Recordando lo comido y bebido por tal de localizar al culpable de tal trasiego tuve que esprintar de nuevo hacia la taza del inodoro. Por suerte para quién tuviese que limpiar al día siguiente llegué a tiempo.

Vacío, sin nada dentro que pidiese paso, me duché, vestí y largué a tomar el aire. Sería las 7h. Un amanecer fresco de otoño me estaba dando la vida mientras la Gran Vía había cambiado por tercera vez, mismo escenario, otra luz, otras gentes y otros ritmos. 



Fresco y confiado regresé al hotel, firmé lo papeles y pasé a la sala dónde nos soltarían como esquivar los impagos. El primer café lo rechacé, las pastas también. Aposté por una insípida menta-poleo mientras le explicaba a mi compañero mis correrías nocturnas en solitario. Hacía calor estilo sanatorio ó yo empezaba a tenerlo. El amigo ya embalado soltó tres obviedades del tamaño de la Sagrada Familia...

1.- Firmar una póliza de seguros.
2.- Informes sobre el cliente.
3.- Vender al contado si hay dudas.

y noté que algo seguía sin funcionar correctamente. Vale que el conferenciante tuviera tan poco nivel como para revolverle las tripas a una cabra pero la realidad es que la insípida menta-poleo pedía paso para salir por dónde entró. La ventaja de los buenos hoteles es que los lavabos están impecables, muy poco concurridos y al fondo a la derecha como Dios manda así que a la carrera lo localicé. Ya de nuevo hueco junto a la sala de conferencias, en un sofá, desplomado intenté recuperarme. Entré de nuevo justo para escuchar otra de las buenas.

4.- Pedir un aval bancario que cubra el total de la operación.

No recuerdo si fue el calor de la sala o semejante simpleza lo que me tumbó de nuevo.  Los 500 € que costó el curso, los 150 € del hotel, la cena y el gasoil para escuchar a un “vende peines” por aquella época de vacas gordas no nos provocaba semejante descomposición.

Esta vez un perspicaz recepcionista, que ya me miró a lo lejos desparramarme antes, preguntó “¿se encuentra bien?, más blanco que el papel y sin abrir los ojos le dije “algo ha debido sentarme mal, ¿hay alguna farmacia cerca?”. Se me hizo interminable el peatón en rojo y la anchura de la Gran Vía. Crucé, entré y le zampé a la farmacéutica mi situación. Bebida isotónica y que me fuese a mi casa, que poco más se podía hacer con la gastroenteritis que manejaba. Eso hubiese querido yo, estar en mi casa… el recorrido del sofá al lavabo lo podía hacer en récord olímpico y con los ojos cerrados. Estaba en campo ajeno, descompuesto y rodeado del conferenciante, recepcionista y boticaria.

Ni se me ocurrió entrar de nuevo en la sala, esta vez, tras lavarme la cara, me senté de nuevo en el sofá lo más dignamente que pude. No recuerdo cuantos viajes al lavabo pasaron hasta que mi compañero salió y se acercó “¿y si nos vamos para Granada? Tras la comida se han largado más de la mitad y tú estás hecho un cristo” Otro gran observador. Sin abrir los ojos rebusqué las llaves del coche y cabeceé insistentemente, supongo que me hice entender.

Desplomado en el asiento del copiloto comprobé lo largos que son 450 km. En cada salto que dio el coche a lo largo de la A4 y A44, que fueron y son muchos, prometía que no volvería a apuntarme a ningún cursillo recomendado por ningún amigo sin comprobar el currículum del conferenciante. Sobre tascas, garitos ó contemplar  la Gran Vía cada vez que cambia de luz, gentes y ambiente consideré oportuno no prometer algo que sabía positivamente no iba a cumplir.

jueves, 13 de octubre de 2011

El Cliente "no" siempre tiene la razón

Hay que ver que daño han hecho El Corte Inglés y gurús con barra libre en algunas escuelas de negocios transmitiendo que el cliente siempre tiene razón. El asunto ha calado de tal forma que no os podéis imaginar las tensiones que provoca entre el equipo comercial y los técnicos o el departamento de producción.

Si quieres que a tú empresa y a ti te tomen por el pito del sereno di amén a cualquier reclamación. Te garantizo “buen rollo” a corto plazo con el comercial y cliente pero a medio y largo plazo entrarás en un círculo vicioso imparable en el que cada día será más absurda la petición. Esa debilidad la olfatean con tal efectividad que, al poco ya te pondrán sobre la mesa el abono para que solo tengas que firmarlo.

El equilibrio y la sensatez te darán algún dolor de cabeza, pues a nadie le gusta que no le den la razón, pero con paciencia y justificando las decisiones acabarás por hacerte con el respeto del comercial y del cliente.

La mejor medicina para resolver estos marrones, que lo son y serios, es aclarar como se ha producido el error. Si es nuestro o en gran parte nuestro lo mejor es dejar de marear la perdiz y resolver. Si el responsable es el cliente díselo y tras una pausa, para que trague saliva y asuma el peor escenario, le dejas claro que está ante una empresa que cuida a sus clientes estando a las duras y a las maduras. Colabora en los costes para resolver el problema y te estarás garantizando el respeto de tú equipo y del cliente.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Siempre hay una primera vez

Nuestro listado de “primeras veces” solemos recordarlas con mayor o menor grado de idealización en función del “sujeto o artista” que las haya experimentado. Sobre esa primera vez, mejor dicho sobre el recuerdo de esa primera vez trata esta entrada. No, no dejéis esta lectura cerrando desesperadamente este blog, se trata de la primera vez en la que me enfrenté a los clientes que es lo que aquí toca.

Un listado de precios, un listado de posibles clientes y unas pocas palabras que incentivaban claramente que saliera del despacho a uña de caballo empezó mi carrera profesional como comercial que, por un motivo que no alcanzo a comprender, se ha prolongado durante estos últimos 17 años. El que fuera mi primer Jefe, hoy fallecido, tenía una visión espartana de las relaciones personales, nunca hablé de ello con él pero, con toda seguridad, si hubiese sido monitor de natación su método preferido sería tirar a la criatura en medio de la piscina y que la madre naturaleza decida si sobrevive o no…

Supongo que de haber sido grabadas mis primeras visitas formarían parte actualmente de alguna lista al estilo “10 cosas que no debes hacer nunca en una primera visita comercial”. Eso sí, no puedo negar que este sistema de iniciación al mundo comercial cumple perfectamente su misión y ahorra tiempo tanto a la empresa como al trabajador para el caso que no sea este mundo tú futuro… o te buscas la vida pronto o te buscas otro empleo aún más pronto.